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¿La pastilla de la felicidad?

publicado a la‎(s)‎ 9 feb. 2016 4:15 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 9 nov. 2016 7:04 ]
Desde hace unos meses participo en varios buscadores médicos desde los cuales las personas realizan consultas sobre los problemas médicos que padecen o plantean las dudas que tienen sobre los tratamientos que le han sido prescritos.

Desde esos buscadores veo publicadas muchas preguntas relacionadas con la depresión en general, y con los antidepresivos en particular. De allí que elija este tema como inicio de mis publicaciones en esta web.

Son habituales las consultas médicas (tanto a médicos de cabecera como a especialistas del ámbito público y privado) sobre tristeza y depresión. Ambos son términos que en ocasiones tendemos a confundir, ya que existe una gran diferencia entre estar “triste” y estar “deprimido”: mientras en el primer caso la tristeza es un sentimiento que puede durar minutos, horas, días o más…. La depresión hace más bien referencia a un conjunto de síntomas cuya repercusión sobre el día a día de quien la padece puede ser variable. Hasta aquí ¿dónde está el problema?.

No dejo de mirar con asombro que en muchas de esas consultas el consultante sale con su dosis de antidepresivo, ansiolítico e hipnótico a cuestas. En muchas ocasiones, de manera totalmente innecesaria. Y éste sí es el problema. Desde que ejerzo la especialidad en psiquiatría no dejo de preguntarme por qué tantos profesionales de la medicina prescribimos antidepresivos a mansalva.

En los años que llevo en la profesión, y habiendo pasado por diversos dispositivos de índole tanto pública como privada, me he dado cuenta de que estamos embebidos por el afán consumista del “aquí y ahora”, y que tal filosofía de vida llega incluso a afectar a nuestra salud: simplemente ya no es concebible pasarlo mal, existiendo “pastillas que te quitan la tristeza” (los antidepresivos); y de esta manera, los profesionales de la salud muy probablemente hemos contribuido a la psiquiatrización de muchas situaciones que antaño no se consideraban ni tan siquiera trastornos -mucho menos enfermedades-. Simplemente, hace cincuenta años una persona no habría acudido al servicio de urgencias solicitando tratamiento antidepresivo o incluso ingreso hospitalario porque hace dos horas había puesto fin a una relación sentimental; ni se le habría se habría intentado plantar a un psiquiatra delante de una persona que acaba de perder a un ser querido, para tratar con psicofármacos un proceso adaptativo cruelmente común como es un duelo. De esto entiendo que esa misma mentalidad del “aquí y ahora” nos ha convertido a todos en personas con mucho menor tolerancia a la frustración y al dolor, incapaces de lidiar de manera efectiva con el sufrimiento, con escasa capacidad para recomponernos tras situaciones difíciles y por medios propios.

Y sin desearlo, ¿los médicos (incluso los especialistas, de quienes se espera mejor noción y capacidad de discernir cuándo los antidepresivos son tratamientos adecuados y cuándo no lo son) nos hemos convertido en una especie de dispensadores de pastillas, sin plantearnos mucho si son siempre imprescindibles o cuánto tiempo más hay que esperar antes de prescribirlos?. Obviamente, no quiero que de esto se desprenda una crítica a los médicos de familia, quienes hacen todo lo que pueden por contener a los usuarios del sistema público a pesar de la intensa carga asistencial y el poco tiempo disponible por paciente; al contrario, emplean los recursos que tienen en la medida que pueden.