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¡BIENVENIDO AL BLOG DE LA DRA. KARINA MUÑOZ!

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Mientras tanto, puede echar un vistazo en las publicaciones realizadas hasta la fecha.

Las personas con trastornos mentales ¿continúan siendo víctimas del estigma?

publicado a la‎(s)‎ 10 mar. 2017 4:51 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 10 mar. 2017 4:52 ]

 

La palabra estigma hace referencia, según su definición, a "una marca o señal en el cuerpo, especialmente impuesta con un hierro candente como signo de esclavitud o de infamia" o a "una marca o señal sobrenatural que aparece en el cuerpo de algunos santos y que es signo de su participación en la pasión de Jesús".

Sin embargo, cuando coloquialmente hablamos de estigma se olvida mencionar el rechazo que sufren las personas afectadas por una patología mental por parte de una gran parte de la sociedad.

Si bien es cierto que hoy en día parecen haber menos reticencias a acudir a la consulta de un experto en salud mental (bien sea éste un psicólogo o un psiquiatra), aún es frecuente que las consultas se inicien con un "yo siempre pensé que los que vienen al psiquiatra es porque están locos".

Las enfermedades mentales, especialmente aquellas más graves, asustan mucho a la sociedad y ello es debido, en gran parte, a la pésima publicidad que se hace de ellas. Las personas que padecen esquizofrenia, por ejemplo, son los que más pueden hablar al respecto: un diagnóstico de este calibre en muchas ocasiones lleva aparejado una merma del círculo social, mayor dificultad para el acceso a un puesto de trabajo, mayor riesgo de exclusión social, marginalidad y posibilidad de delinquir. A esto hay que añadir la mala publicidad (y poco ajustada a la realidad, de paso) que se les hace, describiéndoles poco personas violentas y agresivas; basta con ver las noticias escabrosas en las que se mencionan las palabras esquizofrenias o psicosis. Si verdaderamente fuesen figuras tan violentas y perversas, habríamos sido testigos del incremento de las tasas de agresiones cometidas por personas enfermas, y no ha sido ese el caso.

Otros trastornos, sin embargo -y muy probablemente por su elevada frecuencia- no son tan mal vistas y quienes las padecen no están tan mal tratados por la sociedad. Es el caso de la depresión. Parece socialmente más aceptable padecer un síndrome depresivo antes que cualquier otra forma de "locura".

Por todo esto, los esfuerzos de los profesionales de la Salud Mental desde los años 80 hasta la actualidad se han centrado en que las personas con una enfermedad mental -especialmente aquellos con enfermedades más severas- sean atendidas en la comunidad como el resto de las personas, y no es centros aislados donde se les recluía y se les relegaba al olvido. Desde la comunidad, estas personas pueden demostrar que tienen sentimientos y emociones como el resto de nosotros y pueden luchar por un día a día más digno. 

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Conozco a alguien que tendría que ingresar pero no quiere hacerlo ¿Cómo puedo ayudarlo?

publicado a la‎(s)‎ 29 ene. 2017 11:34 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 29 ene. 2017 11:38 ]

En ocasiones, algunas personas que son atendidas por los psiquiatras no son quienes buscan la ayuda del profesional, sino que de una forma u otra algún allegado -normalmente un familiar- es quien toma la iniciativa.

Ahora bien, existen varias maneras de conseguir la ayuda que esa persona necesita, y ello dependerá en gran medida de la gravedad del caso en cuestión y de la predisposición del paciente.

Lo ideal siempre es conseguir que el paciente acuda a la consulta, instaurando un tratamiento -siempre que sea pertinente, por supuesto- y sin salir del entorno social habitual. Lógicamente, en estos casos el paciente debe prestar su consentimiento para acudir a, al menor, una primera consulta, relatar su problema y estar abierto a la opinión del profesional.

Sin embargo, los casos que motivan esta publicación son aquellos en los que es imposible la permanencia del paciente en el domicilio por la inestabilidad mental del paciente.

En mi experiencia en los Servicios de Urgencias, es habitual ver casos de patologías mentales que, cuando se descompensan, ocasionan serios problemas de relación con el entorno y que dificultan seriamente la convivencia, bien por conductas disruptivas (discusiones frecuentes, fugas del domicilio, cambio radical en el comportamiento, etc.), bien porque incluso el sujeto se torna más impulsivo y, con ello, en ocasiones también irascible.

En estos casos probablemente intentar conducir al paciente a una consulta de psiquiatría sea una opción poco realista y difícilmente resolutiva. Es cuando nos planteamos la opción del ingreso hospitalario.

Cuando se produce una descompensación en un trastorno mental y la conducta de quien lo padece cambia de tal modo que la convivencia es complicada y las discusiones están a la orden del día, no es extraño que tales discusiones acaben con una llamada al 061 y el traslado del paciente a un Servicio de Urgencias, donde será valorado por un psiquiatra. En otros casos la vía elegida por los allegados es la de la solicitud de una Autorización Judicial.

La Autorización Judicial es un documento cuyo contenido es poco comprendido no sólo por los solicitantes sino también por parte del personal sanitario que no está habituado al mismo. En primer lugar, su solicitud debe realizarse en un Juzgado de Guardia, y a día de hoy se están emitiendo a todo aquel que la solicita sin que el paciente sea valorado inicialmente por una Comisión Judicial.

¿A qué obliga la Autorización Judicial?. Esta es la parte del contenido que no suele quedar claro a quienes la solicitan: simplemente obliga a los técnicos del 061 a trasladas al paciente a un Servicio de Urgencias, aún en contra de su voluntad, para ser valorado por un psiquiatra. Salvo que el texto diga nada más, esta es toda la finalidad de la Autorización Judicial.

Por tanto, el ingreso -incluso habiendo solicitado una Autorización Judicial- dependerá del criterio médico.

Si después de su exploración el psiquiatra decide que el paciente debe ser ingresado inmediatamente, aunque el paciente no esté de acuerdo que permanecer en el hospital, deberá ingresarlo de manera involuntaria.

No es extraño que, en algunas situaciones límites, las personas allegadas al paciente y ya saturados por los intensos problemas de convivencia, depositen sus esperanzas de mejorar la situación con un ingreso hospitalario en un centro psiquiátrico. Ejemplos de estas situaciones límites son las personas afectadas por un trastorno y que son agresivas en el ámbito domésticos y las personas con dependencia a tóxicos.

En el primer caso, aún a pesar de que el paciente padezca un trastorno mental, si está estabilizado del mismo y las conductas disociales son explicables por otra causa, el ingreso involuntario no sería procedente y quizás las medidas que haya que tomar para solucionar el conflicto sean de otro tipo y extrasanitarias.

En el segundo caso, las patologías adictivas sólo pueden tratarse con la autorización del paciente, por lo que los ingresos en estas situaciones siempre serán voluntarios.

Porque ¿qué implica realizar un ingreso de manera involuntaria?. Un ingreso involuntario implica privar de libertad a una persona y negarle su derecho a la autonomía personal. Y tanto la libertad como la autonomía son derechos fundamentales, cuya violación sin un motivo sobradamente justificado podría ser considerado un delito. De allí que los ingresos involuntarios estén tan supervisados desde el poder judicial: una vez ingresado el paciente de manera involuntaria, es valorado por un juez que confirmará la legitimidad de la hospitalización u ordenará el alta del paciente en caso de que se determine que ese ingreso es improcedente.

Tampoco hay que olvidar que, por otro lado, el propio paciente puede tomarse a mal la solicitud de la Autorización Judicial y el ingreso involuntario, culpabilizando a sus solicitantes y empeorando la quizás resentida relación con ellos.

Por tanto, en las situaciones conflictivas no es una decisión sencilla la de solicitar una Autorización Judicial y resulta imprescindible sopesar los pros y contras de esta medida, los motivos por los que se solicitan y las opciones que tenemos a nuestro alcance, y ante la duda siempre es recomendable acudir al profesional de referencia en busca de apoyo y asesoramiento.

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Si tienes miedo al cambio, esto puede ayudarte

publicado a la‎(s)‎ 14 ene. 2017 10:45 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 14 ene. 2017 10:46 ]

Todos los días desde mi consulta, atiendo a cientos de personas cuyo principal motivo para pedir ayuda profesional es, fundamentalmente, la ansiedad. Así que cada día me veo en la tarea de desenredar la ansiedad de la gente para descubrir su origen y poder trabajar sobre ello.

En varias publicaciones previas he hablado sobre los tratamientos farmacológicos de la ansiedad y de la depresión, que la ansiedad puede ser la puerta de entrada a un trastorno afectivo como la propia depresión, y que los medicamentos en casos como estos son equivalentes a parches que ayudan de disminuir la intensidad del síntoma molesto.

Sin embargo, en el día a día, cuando escucho las historias de mis pacientes y analizamos sus circunstancias, lo que me suelo encontrar soterrado es un increíble miedo al cambio.

Parece natural tener miedo a que las cosas cambien, a modificar el status quo, a aventurarnos a hacer algo diferente. Cambiar implica salir más allá de las fronteras de donde nos encontramos a salvo y poner a pruebas nuestros mecanismos, nuestro ingenio, nuestra propia seguridad personal para hacer frente a nuevas situaciones y nuevos retos. “Genio y figura hasta la sepultura”, dice uno de nuestros refranes habituales.

Si nos ponemos a pensar, lo cierto es que el día a día supone constantes cambios de circunstancias, la mayor parte del tiempo pequeños y casi imperceptibles, otras veces más imponentes. Pero siempre están presentes, obligándonos a posicionarnos, a tomar decisiones y a movernos acorde.

Los cambios que probablemente más nos aterran son aquellos que nos vemos obligados a realizar cuando las circunstancias se hacen insoportables: dejar un trabajo porque el horario laboral es muy absorbente y la vida se ha tornado insatisfactoria, tomar la decisión de marcharse a un nuevo país empezando de cero, crear una empresa… “Ninguna persona cambia hasta que su situación se deviene insoportable”, dice José Antonio Marina.

La necesidad de cambiar surge desde la insatisfacción (con nosotros mismos, con nuestra situación, con nuestro entorno…) y el sentimiento de que, de alguna manera, algo nos hace infelices, nos atormenta, nos lesiona. Y que todo ese mal es real, nos produce un nivel de malestar muy elevado.

Es importante tener claro que cambiar no debe significar otra cosa sino ampliar, enriquecer, nuestra área de actuación. Debe servirnos simplemente para volvernos más versátiles a la hora de tomar decisiones, para sentirnos más cómodos y felices. En cualquier caso, el cambio debe verse como el medio para conseguir un beneficio, a pesar de que, inicialmente nos parezca una hazaña arriesgada y que -lógicamente- nos produce mucha incertidumbre.

Recuerda, como decía Honoré de Balzac, que “aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”. Una simple modificación en nuestra conducta tendrá repercusión en nuestro entorno, nos ayudará a encontrarnos mejor, y sobre todo nos ayudará a plantearnos nuevos objetivos de cara a nuestro bienestar. ¿Qué podemos perder por intentarlo?

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¿Hacer ejercicio es uno de tus propósitos para el 2017? ¡8 claves para tener éxito!

publicado a la‎(s)‎ 8 ene. 2017 12:02 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 8 ene. 2017 12:10 ]

Probablemente, uno de los propósitos de año nuevo que te has planteado para este nuevo 2017 es el de apuntarte al gimnasio o hacer más deporte que el año pasado.

Siendo honestos, el motivo por el que nos proponemos actos como este no suele ser mejorar nuestro estado de salud (esto sería más bien un “efecto colateral”) sino el de cumplir con los cánones estéticos que nuestra sociedad actual nos impone y que tan difícil nos es conseguir.

Aún siendo así, y mirado desde la perspectiva de la salud mental, el propósito de hacer más deporte es sumamente beneficioso no sólo porque -con constancia, por supuesto- conseguirás un aspecto con el que te encontrarás más satisfecho, seguro de tí mismo y autorrealizado (esta es la finalidad de algunos planes de entrenamiento como el de la australiana Kayla Itsines), sino que también notarás muchos beneficios cognitivos (mejora la concentración y memoria) y control sobre la ansiedad además de que conseguirás mejorar la calidad del sueño, sentirte más enérgico, animado y optimista.

Además, a nivel físico, el ejercicio consigue regular el nivel de grasa en la sangre, mejora el tono muscular, aumenta la capacidad pulmonar, fortalece el sistema inmunitario, previene las enfermedades cardiovasculares, diabetes y obesidad, disminuye la presión arterial y retrasa los problemas propios del envejecimiento.

Para conseguir todos estos beneficios, el mejor aliado el el ejercicio cardiovascular, que no necesariamente tienen que ser de gran intensidad: caminar más de 40 minutos a paso ligero, correr, nadar, montar en bicicleta, deportes en equipo como paddle, badmington o fútbol, o bailar, son suficientes y, además, muy divertidas.

Por eso, comprometida como estoy con la mejoría de la salud mental de las personas, quiero ayudarte a conseguir esos propósitos que te has formulado para el 2017 y te propongo ocho claves para conseguir tus objetivos (ver publicación original):

1.- Enuncia tu objetivo en positivo:

Quiero gustarme más” es mucho más positivo y motivador que el más habitual “no me gusta mi aspecto”

2.- Controla tu meta:

Es fundamental tener claro que el éxito en nuestros objetivos depende exclusivamente de nosotros mismos y del empeño que pongamos en ellos. Si deseo ponerme en forma, depende de que yo realice los ejercicios necesarios para conseguir mi objetivo y no de las condiciones atmosféricas ni climatológicas.

3.- Se preciso en la definición de tus objetivos:

Nos resulta mucho más simple -y por tanto más factible- marcarnos como objetivos “ir tres días al gimnasio” o “apuntarme al fútbol con mis compañeros de trabajo”, que no “ir al gimnasio”.

De este modo puedes ser más flexible en el cumplimiento de tu objetivo, sintiéndote satisfecho contigo mismo por estar consiguiendo tus metas para este nuevo año.

4.- Procura que tu objetivo sea realista:

Si nunca has pisado un gimnasio, es sumamente probable que te agobies, que lo pases mal y que abandones tu propósito.

5.- El objetivo tiene que ser motivador para tí:

Debe estar enfocado a conseguir algo que realmente quieres.

Es mejor plantearte un único objetivo pero que te hace muchísima ilusión, que no diez objetivos distintos que simplemente te harían “gracia”.

6.- Debes disponer de los recursos necesarios:

Tendrás que valorar qué cosas necesitas para cumplir con tu objetivo (tiempo, dinero, disciplina, etc) y cómo conseguirlos para poder iniciar tu proyecto.

7.- Intención positiva:

El propósito que te has marcado para este nuevo año debe tener un fin último que para tí sea importante y positivo; siguiendo el ejemplo del ejercicio, aunque inicialmente te cueste, que lo hagas para sentirte mejor, tener mejores resultados académicos, constiparte menos, descansar mejor y tener un mayor rendimiento académico.

8.- Chequeo ecológico:

¿Cómo va a afectar a mi vida cotidiana todo lo que tengo que hacer para cumplir mi propósito?.

Estos puntos no sólo son útiles para conseguir cualquier objetivo que te propongas, sino que también pueden resultarte útiles para afrontar situaciones complicadas que se te puedan presentar, así que no dudes en ponerlas en práctica. ¡Por un feliz y sano 2017!


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¿Te has sentido triste en Navidad?

publicado a la‎(s)‎ 3 ene. 2017 3:31 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 3 ene. 2017 3:31 ]

Al pensar en la época navideña, parece que tenemos que sentirnos siempre alegres y entusiasmados. La Navidad siempre ha sido la época de los reencuentros, de la felicidad, del compartir con nuestros seres queridos, de dar sin esperar recibir nada a cambio

Probablemente casi todos tenemos recuerdos del pasado en los que éramos felices en estas épocas, que incluso esperábamos con ilusión ya no sólo por los regalos de los Reyes Magos o de Papá Noel, sino por el reencuentro con nuestros familiares y la sensación de bienestar que imprimía a nuestros ánimos.

Sin embargo, al hacernos mayores no sólo aumentan nuestras responsabilidades sino posiblemente también cómo nos sentimos en fiestas como la Navidad. Con los años, las festividades son diferentes en cuanto a que con el paso de los años nuestra relación con el entorno cambia, o algunos familiares con los que tenemos una gran vinculación empiezan a ausentarse.

Entonces, se trata de una época en la que somos más conscientes de los cambios que vamos experimentando y sufriendo a lo largo de los años, los recuerdos de nuestros seres queridos y de las “épocas mejores” se intensifican, y en muchos casos nos invade la tristeza.

Incluso a algunas personas que padecen trastornos depresivos, las fiestas navideñas pueden generarles la sensación de que su estado de ánimo empeora. En estos casos, no es propiamente que exista un empeoramiento claro de la depresión, sino una reacción normal y esperable ante lo que representan estas festividades y las ausencias que notan.

Tampoco hay que desdeñar que, coincidiendo con épocas de crisis económicas, la “obligación” de realizar regalos a nuestros seres queridos nos genera frustración al pensar en las cantidades de dinero que (creemos) se supone debemos gastar. Todo lo cual repercute en nuestro ánimo y eleva nuestros niveles de ansiedad.

¿Podríamos hacer frente a esta época de manera más adaptativa?. Siempre es posible, si somos capaces de centrar nuestra atención en aquellos aspectos de las festividades que nos aportan sentimientos positivos, que no en lo que nos hace sentirnos tristes o agobiados.

Siempre resulta beneficioso y enriquecedor hacer de las Navidades una época de reflexión sobre aquello que hemos vivido a lo largo del año y nos ha generado satisfacciones o decepciones, de decidir qué o a quién queremos en nuestras vidas y qué debemos dejar de lado… para crecer como personas y buscar nuestra satisfacción y autorrealización.

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Lo que debes saber sobre el tratamiento de la ansiedad (parte II):

publicado a la‎(s)‎ 30 dic. 2016 12:32 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 30 dic. 2016 12:34 ]

En relación a la publicación anterior, es importante tener en cuenta que cualquier tipo de medicación -en términos generales- debe ser administrada por un profesional que sepa manejarla y que la supervise periódicamente para adaptarla a las necesidades y situación del paciente.

Pongamos como ejemplo los antibióticos. En teoría, todos los médicos están capacitados para administrar antibióticos para tratar un proceso infeccioso; sin embargo, algunos profesionales, por el tipo de especialidad que tienen, los recetan con muy poca frecuencia y eso hace que en ocasiones les parezca complicado el manejo de estos tratamientos (ciertamente son medicamentos difíciles de emplear).

Algo muy similar ocurre con las benzodiacepinas: quien no las emplea con frecuencia en su práctica diaria a grosso modo sabe en qué cuadros funcionan pero quizás desconozca que, por ejemplo, a nuestros abuelitos no debemos darles medicamentos como el diazepam; o que el alprazolam actúa durante muy poco tiempo y no resulta un tratamiento práctico para el manejo de la ansiedad a lo largo del día; o que el lorazepam es más potente como ansiolítico que como hipnótico. Igual que los antibióticos, puede parecer sencillo prescribir benzodiacepinas, pero tiene su “truco”.

En mi experiencia, un tratamiento para la ansiedad correctamente supervisado no supone ningún problema en el momento de su retirada, independientemente del tiempo de administración del fármaco, ya que existen distintas maneras de suspender este tipo de tratamientos sin perjuicio de la estabilidad del paciente.

¿Qué significa que el tratamiento requiera supervisión?: simplemente que exista un profesional responsabilizándose de verificar si los síntomas por los que se inició el tratamiento continúan, han cedido o han desaparecido, ajustando las dosis de la medicación y retirando el fármaco una vez éste no sea necesario.

Hay que recordar que el objetivo de una medicación es mejorar y recuperar nuestro estado previo, por tanto los medicamentos deben prescribirse y mantenerse mientras estamos mal o mientras nos aseguramos de que nuestra estabilidad persiste en el tiempo.

¿Siempre se supervisa una medicación?: son muchos los motivos por los que un tratamiento no se supervisa adecuadamente

  • Por un cambio de profesional (como cuando cambiamos de centro ambulatorio, por ejemplo. El cambio de profesional genera, de cierta forma, pérdida de información sobre el paciente y el motivo por el que permanece tomando una medicación)

  • Por abandono de las consultas (son muchos los motivos por los que podemos dejar de acudir a la consulta del profesional responsable de nuestro tratamiento).

Por todos estos motivos, no debemos tener miedo a iniciar un tratamiento farmacológico para la ansiedad, siempre que seamos conscientes de que necesitaremos mantener una supervisión profesional para reajustar las dosis en función de nuestra necesidad. Con responsabilidad, es una herramienta más para controlar rápidamente aquellos síntomas que más interfieren con nuestro día a día.


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Lo que debes saber sobre el tratamiento de la ansiedad (parte I):

publicado a la‎(s)‎ 11 dic. 2016 11:55 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 11 dic. 2016 11:56 ]

A todos nos suenan nombres como el diazepam, alprazolam (o Trankimazín), lorazepam, Rivotril® (clonazepam), Sedotime® (ketazolam) o Lexatín® (bromazepam).

Todos ellos son tratamientos muy socorridos para el tratamiento de la ansiedad y del insomnio y pertenecen a una familia de medicamentos que se llaman benzodiacepinas.

Esta familia de fármacos tienen efectos ansiolíticos, hipnóticos, miorrelajantes, y algunas por sus intensos efectos sedativos capacidad para ser revertidas son empleadas en las inducciones anestésicas. El uso que se le da a cada uno de ellos depende no sólo del tiempo que permanecen en la sangre llevando a cabo su efecto, sino de aquel efecto para el que son más potentes.

Existe mucha alarma social ante las benzodiacepinas puesto que se les atribuye muchas propiedades terriblemente nocivas, las cuales son aprovechadas y magnificadas por muchas empresas para enriquecerse a costa de envilecer a un producto que, bien empleado (esto es sumamente importante) ayuda a las personas a mejorar sus síntomas y encontrarse mejor. Es el caso de empresas destinadas a la desintoxicación de sustancias tóxicas.

Por tanto, es necesario realizar una lectura crítica de la inmensa cantidad de información que encontramos en la web así como también matizar aquello que leemos en los prospectos, aclarando que:

Es cierto que las benzodiacepinas, producen somnolencia y, en algunos casos (dependiendo de la tolerancia individual y de las dosis) alteraciones en la coordinación motora.

Claro está que, en algunos grupos de edad, hay que tener especial atención a la vida media del fármaco (es decir, el 50% del tiempo que tarda un medicamento en eliminarse de la sangre) porque la disminución de la eliminación del mismo puede conllevar a que éste se acumule en el organismo.

Si aparecen estos efectos secundarios, resulta importante comunicarlo al médico prescriptor bien para ajustar la dosis, bien para sustituir por otro medicamento que pueda tolerar mejor. Y señalar que, a pesar de tratarse de fármacos muy socorridos en la medicina actual, no todos los facultativos están “acostumbrados” a darlos o no conocen sus diferencias individuales.

Es cierto que el tratamiento prolongado con benzodiacepinas produce la sensación de “pérdida de memoria” o “despistes”, pero estos desaparecen cuando se suspende la medicación por tratarse de un efecto secundario reversible.

Es falso que provoquen la muerte. En algunas publicaciones escritas o webs se asevera que la combinación de antidepresivos y benzodiacepinas mueren a causa de los efectos combinados de ambas sustancias, e incluso se atribuye a los ansiolíticos el fallecimiento de alguna celebridad de Hollywood.

Es cierto que la combinación de benzodiacepinas y alcohol puede deprimir el centro respiratorio, pudiendo llegar a causar parada respiratoria. No obstante, son necesarias dosis muy altas de ambas sustancias. El efecto de las benzodiacepinas puede revertirse mediante antídotos.

Así pues, las benzodiacepinas son -como todo fármaco disponible en el mercado- sustancias químicas que producen efectos “deseables” e “indeseables”. Y como sucede con el resto de medicamentos, el abuso no es recomendable: dosis muy altas de paracetamol afectan al hígado, la toma persistente de ibuprofeno perjudica a la mucosa gástrica… Todos los medicamentos tienen efectos que no hay que menospreciar.

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El sueño: mitos y realidades.

publicado a la‎(s)‎ 5 dic. 2016 3:36 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 5 dic. 2016 3:56 ]

Muchas personas acuden a la consulta de un psiquiatra bien porque padecen únicamente insomnio, bien porque el insomnio es un síntoma más dentro de un trastorno. Normalmente, antes de acudir a la consulta de un profesional de la Salud Mental ya han consultado con sus Médicos de Atención Primaria y han intentado varios abordajes para poner una solución a este problema.

Tenemos la percepción de que es necesario dormir siete u ocho horas a lo largo de la noche, y que menos que eso es claramente patológico. Lo cierto es que parecemos perder de vista que la duración del sueño varía a lo largo de la vida según las necesidades del individuo: mientras somos bebés dormimos más de 12 horas diarias y, a medida que nos vamos haciendo mayores, la cantidad de horas que dormimos por la noche suelen disminuir. Ello es así porque las fases del sueño se modifican en cuanto a su latencia en la medida que envejecemos, porque nuestros requerimientos de descanso también se modifican.

Cuando en las consultas de Salud Mental exploramos cómo duermen nuestros pacientes, no sólo nos interesa saber cómo duermen durante la noche sino si también lo hacen durante el día (si duermen o no siestas). Ello se debe a que tendemos a caer en el error de pensar que lo importante es dormir siete u ocho horas durante la noche, cuando en realidad se trata de la cantidad de horas que dormimos a lo largo de 24 horas.

Otra cosa distinta es la calidad del descanso. El sueño siempre ha de ser reparador, lo que significa que, al despertar, debemos tener la sensación de haber descansado, encontrarnos frescos y renovados.

Dormir menos horas (a lo largo del día) de las necesarias no es saludable en cuanto a que no conseguimos descansar adecuadamente y continuamos encontrándonos cansados. Pero -y cuando abordo esto en la consulta mis pacientes suelen mostrarse muy sorprendidos- dormir más horas de las necesarias tampoco es saludable y es natural que nos haga sentirnos muy cansados, enlentecidos, incluso como si no hubiésemos dormido.

¿Que por qué dormir más horas diarias de las necesarias nos cansa?. Para entenderlo hay que saber que el sueño se divide fisiológicamente en fases; una de las fases -concretamente la fase REM o rapid eye movement- consume gran cantidad de energía por decirlo de alguna manera, y produce cansancio. Un sueño reparador tiene una cantidad de fases REM determinadas (ni muchas ni pocas), y la superación de las mismas produce cansancio. Por eso nos cansamos cuando dormimos más de lo pertinente.

Ahora bien, en consulta suelo encontrar escenarios como los siguientes:

Persona de más de 65 años de edad cuya queja es que duerme cinco horas por la noche y hace siestas de una hora. No se siente cansando a lo largo del día, pero le preocupa no estar durmiendo siente u ocho horas como antaño. Al cabo de 24 horas duerme seis; este caso podría entenderse como la evolución natural, normal, del sueño a lo largo de la vida. No tiene por qué tratarse de algo patológico a menos que existan más síntomas.

Persona de más de 65 años de edad, que duerme cuatro horas por la noche, no seguidas -porque se despierta-, no es capaz de dormir siesta y se encuentra muy cansado a lo largo del día. Se trata de un sueño muy corto y poco o nada reparador, que será necesario tratar.

Persona de unos 35 años de edad que duerme cinco horas todos los días. Siempre ha sido “mal dormidor”, no se nota cansado salvo si duerme más de esas cinco horas (hecho más bien episódico); se siente activo y bien a lo largo del día. Este caso, aún a pesar de que el sujeto no duerme la cantidad de horas que se entiende debería dormir, no es patológico y no hace falta abordarlo.

Por todo esto, hay que recordar que lo que verdaderamente importa sobre el sueño no es tanto cuántas horas dormimos, sino si esas horas son suficientes para conseguir un descanso de calidad. Y es en estos en lo que me gusta centrarme en consulta, cuando abordo el insomnio con mis pacientes.

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“Adicción a las pastillas”: mitos y realidades

publicado a la‎(s)‎ 28 nov. 2016 6:50 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 29 nov. 2016 8:21 ]

Antes de empezar, conviene tener claro ¿qué significa el término “adicción”?.

Adicción, concretamente, es “la dependencia psicológica a alguna sustancia”, que se mide en función de:

1.- Cada vez necesito tomar más dosis de la sustancia X para conseguir el mismo efecto. Por ejemplo: si empiezo fumando un cigarrillo al día y me encuentro bien… al cabo de un tiempo necesitaré fumar más cigarrillos para conseguir la misma sensación de bienestar.

2.- En ausencia de la sustancia X, el cuerpo  no me responde de la misma manera, se me alteran los sentidos y todo lo que hago, lo hago por conseguir esa sustancia X que me “sienta bien” (y ésto es la abstinencia o ‘mono’)

Es bastante habitual que, en consulta, los pacientes se muestren reticentes a tomar medicación porque tienen -y así lo expresan- “miedo a acostumbrarse al tratamiento; miedo a engancharse”.

Estas dudas deben entenderse como naturales en cuanto a que son motivadas por lo que popularmente se comenta sobre los tratamientos, y es que todos hemos escuchado alguna vez de alguien que tuvo mono cuando le retiraron la medicación.

En este sentido hay que distinguir lo que realmente es la abstinencia de lo que es el síndrome por discontinuación de un medicamento: mientras que en la abstinencia el individuo que la sufre presenta una serie de síntomas (característicos según la sustancia a la que se sea adicto) tan desbordantes, que puede incluso a poner en peligro su vida o la de quienes le rodean por tener la sustancia a su alcance y consumirla, en el síndrome de discontinuación se producen una serie de síntomas molestos (o muy molestos, sí) pero no se llega al punto de hacer “lo que sea por volver a tomar la medicación”. Para tratar la adicción no sólo es necesario un abordaje encaminado a evitar la abstinencia sino que también que hay realizar un proceso (largo) de deshabituación a la sustancia de abuso, en el caso de los tratamientos psicofarmacológicos sólo es necesario realizar un descenso de la dosis del tratamiento de forma lenta y progresiva hasta su supresión, sin necesidad de más abordajes; es decir, no es necesario un proceso deshabituador porque no existe dependencia psicológica.

¿Cuándo aparece el síndrome de discontinuación?. Bien cuando la medicación se suspende de manera abrupta, o bien cuando el descenso de la dosis se realiza de forma muy rápida. Porque no debemos perder de vista el hecho de que las medicaciones que actúan sobre el sistema nervioso central producen una serie de modificaciones a nivel neuronal (fundamentalmente expresión o no de determinado tipo de receptores en la membrana celular) que repercuten en el funcionamiento de las neuronas y, consecuentemente, del resto del organismo. Y todas esas modificaciones toman su tiempo por su complejidad. Por ello, debemos dejar que el organismo siga su curso para “adaptarse” (¡que no ‘acostumbrarse’!) a los cambios que induce el tratamiento ya que querer hacer las cosas muy rápidamente tanto al inicio como al final del abordaje farmacológico conlleva malestar físico. Ese es el motivo por el que el manejo de las dosis de los psicofármacos debe ser lenta y cuidadosa, y de que el efecto de la medicación no se note inmediatamente, “como el ibuprofeno” como suelo decir siempre en consulta.

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9 síntomas que podrían alertarte de que te estás deprimiendo

publicado a la‎(s)‎ 21 nov. 2016 9:57 por Dra. Karina Muñoz Rodríguez   [ actualizado el 29 nov. 2016 8:21 ]

En nuestros días frases como “estoy depreo “estoy deprimidoson extraordinariamente habituales ya que se confunde lo que estar triste y estar deprimido. Lo cierto es que estar triste no necesariamente implica estar deprimido.

¿Qué síntomas se suelen observar con frecuencia en la depresión?:


1.- Tristeza

El estado anímico que predomina cuando padeces una depresión es la tristeza, cierto. Pero no se trata de una tristeza que viene y va (a veces estoy bien y otras veces me siento triste) sino más bien persistente, continua y presente durante al menos un mes.


2.- Ansiedad

La ansiedad suele estar siempre presente desde el inicio del trastorno.

Aunque la ansiedad propiamente es un mecanismo de adaptación al medio, es una respuesta normal ante estímulos que -consciente o inconscientemente- consideraríamos nocivos, cuando hablamos de la ansiedad como algo patológico más bien a lo que hacemos referencia es a un nivel de ansiedad exageradamente elevado respecto al estímulo que la provoca.

Como siempre le digo a mis pacientes: si estás en la selva y ves a un tigre lo normal es que te asustes (que te pongas nervioso) y huyas, porque tienes que salvar tu vida. Lo patológico sería que tengas esa misma reacción cuando ves, en la misma selva, a una hormiga.

Asimismo, la ansiedad puede provocar cualquier cantidad de síntomas físicos inespecíficos: algunas personas notan palpitaciones -algunos incluso experimentan crisis que les remedan infartos-, otros comen compulsivamente, otros no son capaces de ingerir alimentos… En fin, las manifestaciones clínicas de la ansiedad son muy variadas.


3.- Insomnio

Otro de los síntomas que tiende a aparecer desde el inicio del trastorno es el insomnio.

Éste no deja de ser una incapacidad para dormir adecuadamente, viéndose reducida la cantidad de horas de descanso.

En la depresión o trastornos de características similares, el insomnio es persistente (se presenta diariamente) y puede afectar o bien a la conciliación del sueño, bien al mantenimiento, bien a ambas. Esto supone que quien padece insomnio duerme menos horas de las necesarias y se encuentra especialmente cansado.



4.- Cansancio

Se trata de una queja muy habitual entre las personas que padecen un depresión; no se trata de un mero cansancio físico, sino incluso mental, que no mejora con simplemente descansar.

El origen de este cansancio es múltiple: la propia ansiedad, el pensamiento rumiativo (así llamamos a esa forma de pensar persistentemente en un mismo tema o preocupación, dándole mil vueltas constantemente) y el insomnio se conjugan entre sí para provocar este nivel de cansancio. De más está decir que la mejoría de la ansiedad, el insomnio y de la propia depresión conllevan a la desaparición de la sensación de cansancio.


5.- Despistes (alteración de atención y memoria)

No es extraño que, precisamente gracias al pensamiento rumiativo y al elevado nivel de ansiedad, quien padece depresión se queje de que se nota más despistado y con dificultades para recordar acontecimientos recientes.

Y es que el funcionamiento del procesamiento de la información a nivel cerebral no es muy diferente al de un ordenador: si el procesador está muy ocupado gestionando datos de un programa muy pesado, la velocidad del ordenador se ralentizará.

Traducido, esto quiere decir que si mi pensamiento está totalmente volcado en un tema que me provoca mucha ansiedad y que vivo de forma negativa o amenazante, éste centra toda mi atención, haciéndome incapaz de fijarme en otras cosas distintas a aquellas que ocupan mi mente en ese momento. Y sin posibilidad de prestar atención a otras cosas, tampoco puedo crear recuerdos (por lo que también se ve afectada la memoria)


6.- Irritabilidad

Otro síntoma que habitualmente observamos en consulta -y que incluso constituye el motivo de la consulta- es la queja de que “estoy más irritable, salto por cosas que antes no saltaba, cualquier cosa me molesta”. Y es que la depresión no siempre tiene que ver con estar predominantemente triste, sino que también es habitual sentirse agobiado a incomodado por el entorno.


7.- Aislamiento social

De la mano de la irritabilidad y de la tristeza está el aislamiento social. Las personas, cuando se sienten deprimidas, pierden progresivamente el deseo de realizar las actividades de las que antes disfrutaban y de relacionarse con sus amigos y seres queridos como siempre, ya que (¡erróneamente!) tienden a pensar que incomodan a su entorno con su tristeza y se notan especialmente sensibles (la irritabilidad de la que hablábamos juega en esto un papel importante) y cansados.

Aparte de la incomodidad propia de la irritabilidad y el ánimo bajo, también es cierto que las dificultades para centrar la atención en una conversación, por ejemplo, haga que para ellos ver a sus amigos se convierta en un suplicio más que en una actividad gratificante. De esta manera, la tendencia de las personas que presentan esta dolencia será la de minimizar o incluso evitar el contacto con sus amigos y familiares cercanos.


8.- Pérdida de intereses

Con la depresión es habitual el abandono de los hobbies o aquellas actividades normalmente gratificantes para quien se encuentra anímicamente mal.

Este es un síntoma que genera gran incertidumbre en el círculos de allegados del sujeto, que ven cómo éste se torna en una persona cada vez más inactiva y apagada, que apenas disfruta y que realiza más bien de forma automática.


9.- Ideas sobre la muerte

Estas aparecen en momentos más avanzados del trastorno, por lo que no todas las personas que padecen una depresión tienen necesariamente ideas sobre la muerte.

Es necesario aclarar que las ideas relacionadas con la muerte tampoco tienen que ser, estrictamente hablando, ideas suicidas: muchas personas deprimidas que hablan sobre morir lo hacen más bien en términos de “quedarme dormido hasta que pase todo este sufrimiento, y luego despertarme para reengarchar con mi vida habitual, la de antesy no como deseos de realizar algún acto que acabe con su existencia.

En cualquier caso, es una expresión del intenso sufrimiento que experimenta la persona con depresión, y hablar sobre este aspecto con total naturalidad suele ser de mucha ayuda a quien la padece.

Hay que recordar que los síntomas mencionados son inespecíficos, es decir, que pueden estar presentes en otros cuadros clínicos distintos (o no tanto) con una depresión propiamente dicha. Por eso resulta importante acudir a un profesional que pueda ofrecer asesoramiento.


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